En defensa de la historia

Cementerio de la 1 Guerra Mundial en el Somme

Brugge (Brujas) una muy hermosa ciudad flamenca a la que se llega fácilmente desde Bruselas. Era una mañana lluviosa, nada raro en aquellos lugares y, seguramente la manera de vivirla para entender muchas cosas de su devenir. Un sitio cuyo nombre traducido no tiene nada que ver con pócimas y escobas y sí con las decenas de puentes que cruzan sus canales por lo que se la ha apodado como la Venecia del norte, que, por otra parte, comparte con Amsterdam y Estocolmo y cualquier ciudad donde aparezca más de un canal. Pero su menor tamaño la hace, si cabe, más encantadora. Paseando por sus calles revives aquella historia de molineros y comerciantes, la Liga Hanseática, la lucha por no separarse de un mar que se alejaba y disfrutas de la Plaza mayor, el Belfort, del callejón del asno ciego, de la plaza Burg, del impresionante ayuntamiento, de la iglesia de la Santa Sangre, del parque del lago, ese remanso de paz que es el beguinato y de la Madonna de Miguel Ángel en la iglesia de Nuestra Señora.

     Mientras la lluvia arreciaba entramos en una calle nada transitada. Unas paredes blancas de inspiración decimonónica contrastaban con el resto del casco antiguo y en ellas unas enormes placas donde se podían leer los nombres de los soldados de la ciudad caídos en las dos guerras mundiales. Fue pasar del encanto de una Edad Media imaginada de manera cívica y laboriosa a una realidad dura y descarnada, del paseo por una historia lejana a una que no lo era tanto, la más terrible del siglo XX. Las filas eran interminables. Quede absorto en los de la primera contienda y vinieron a mi memoria las trincheras, los fantasmagóricos paisajes que habían engendrado los bombardeos masivos, las máscaras antigás, lugares que han quedado para siempre en el imaginario de la muerte y la destrucción y, ineludiblemente, del heroísmo, Verdún, el Somme, el saliente de Ypres. También lo poco que ese generador de mitos que es el cine se ha ocupado de ella en contraste con la siguiente, “Senderos de gloria”, “Sin novedad en el frente” “War horse” y aquella estrafalaria guerra de “El gran dictador”. Leyendo los nombres y su graduación también pensé en todo aquello que no se conoce, que nunca conoceremos y que sólo podemos intuir, su día a día, sus pensamientos, sus miedos, sus alegrías, en sus familias, sus amigos, sus trabajos… Un conflicto relegado a segundo plano por lo que vino veintiún años después de finalizar aquel 11 del mes 11 a las 11 de la mañana de 1918, pero que marcó un antes y un después para la humanidad. Quizás era el momento, los nombres, la soledad de la calle, la lluvia, el frío… Sentí algo especial, indescriptible con palabras, una emoción si se quiere: el orgullo de ser historiador.

Publicado por luismi

Historiador, educador y novelista

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